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FRANCO GILLIGAN - Conmovedor: Franco habló de educación, salud mental y de la importancia de estar para el otro
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FRANCO GILLIGAN - Conmovedor: Franco habló de educación, salud mental y de la importancia de estar para el otro

Hay entrevistas que comienzan hablando de un tema y terminan abriendo una puerta hacia otros mucho más profundos. La conversación con Franco Gilligan, profesor de Filosofía y preceptor, fue una de ellas.


La educación fue el punto de partida. La realidad cotidiana de las escuelas, las dificultades que atraviesan docentes y estudiantes, la falta de recursos, las condiciones laborales y la formación fueron algunos de los temas que aparecieron durante la charla. Pero, poco a poco, la conversación fue llevando hacia una cuestión todavía más importante: qué significa realmente estar presente para un joven que atraviesa una situación difícil.


Gilligan habló desde su experiencia como docente y también desde su propia historia de vida. Y lo hizo sin buscar endulzar el mensaje ni decir aquello que los demás necesariamente quieren escuchar.


'No soy un tipo políticamente correcto', sostuvo durante la entrevista, al explicar su manera de mirar y expresar aquello que considera que está ocurriendo en la sociedad y en las escuelas.


Su planteo parte de una convicción: la educación no puede analizarse solamente desde lo que sucede dentro del aula. También hay que mirar las condiciones en las que docentes, preceptores y demás trabajadores de las instituciones educativas desarrollan su tarea.


La realidad de las escuelas y el ausentismo docente


Durante la entrevista, Gilligan se refirió a una situación que, según su mirada, viene observando desde hace varios años: el ausentismo de docentes y preceptores y las consecuencias que puede tener sobre los estudiantes.


Contó que en el comienzo de este ciclo lectivo le tocó vivir una situación que hasta ahora no había experimentado: días en los que un estudiante no tuvo todas sus clases porque no estaban presentes todos los docentes correspondientes a las horas previstas.


Sin embargo, su análisis no apuntó únicamente a responsabilizar a los trabajadores de la educación.


Gilligan reconoció que los docentes tienen derechos y que las condiciones laborales son determinantes. En ese sentido, puso el foco también en las decisiones políticas y en el financiamiento de la educación.


Durante la entrevista cuestionó especialmente el proceso de desfinanciamiento de la educación pública y sostuvo que la escuela técnica sufrió una fuerte reducción de recursos por parte del Gobierno nacional. También describió las dificultades económicas que atraviesan muchos docentes y contó su propia experiencia: para poder sostenerse económicamente, debe trabajar en varios cargos y durante extensas jornadas.


'Yo tengo que trabajar tres cargos, 13 horas y media por día como para no estar en la línea de la pobreza', explicó.


Para Gilligan, esa realidad también debe formar parte de la discusión cuando se habla de educación. Porque un sistema educativo exige docentes comprometidos, pero también necesita condiciones que permitan que esos docentes puedan vivir dignamente y desarrollar su tarea.


La formación y las herramientas para acompañar


Otro de los puntos centrales de su reflexión fue la formación de quienes trabajan dentro de las escuelas.


Gilligan señaló que muchas veces docentes, preceptores y otros trabajadores se encuentran frente a situaciones extremadamente complejas sin contar necesariamente con todas las herramientas necesarias para abordarlas.


La escuela actual, sostuvo, no enfrenta solamente dificultades vinculadas con los contenidos académicos. Allí aparecen conflictos familiares, problemas económicos, situaciones de violencia, angustia, soledad, dificultades de integración y problemas de salud mental.


Frente a ese escenario, el interrogante es inevitable: ¿con qué herramientas cuenta un docente o un preceptor para acompañar a un adolescente cuando el problema excede ampliamente lo pedagógico?


Gilligan planteó esa pregunta desde una posición crítica, pero también desde la comprensión de las dificultades que atraviesan sus propios compañeros.


'Yo no voy a caer en mis compañeros', expresó, al remarcar que muchas de las dificultades que observa no pueden separarse de las condiciones generales del sistema educativo.


Su preocupación principal, explicó, son los estudiantes.


'Lo único que yo percibo es que los chicos estén en el mejor lugar posible', sostuvo.


Y allí apareció una de las definiciones más fuertes de la entrevista: la responsabilidad que siente frente a las familias que dejan a sus hijos durante horas en una institución educativa.


'Quiero que mis alumnos, que la familia que me deja cuatro horas y media sus chicos en la escuela, sepan que van a tener a alguien que, si tiene que dar la vida, la va a dar por sus hijos', expresó.


No se trata solamente de enseñar una materia. Para Gilligan, ser docente implica asumir una responsabilidad humana.


La Filosofía como herramienta para mirar la realidad


Su formación como profesor de Filosofía también atraviesa profundamente su manera de interpretar la educación.


Para Gilligan, la Filosofía no es solamente una disciplina académica ni un conjunto de autores y conceptos. Es una herramienta para preguntarse por la realidad, para poner en discusión aquello que muchas veces se acepta sin cuestionamientos y para aprender a mirar las palabras, las decisiones y las circunstancias desde otra perspectiva.


Esa mirada crítica también aparece en su forma de ejercer la docencia.


No pretende convertirse en una figura que simplemente transmita contenidos. Busca que los estudiantes piensen, cuestionen y puedan construir una mirada propia.


Y esa forma de entender la educación también explica por qué se muestra crítico con determinadas políticas y con ciertos comportamientos sociales.


'No da todo lo mismo', fue una de las ideas que atravesó la conversación.


Para él, todavía existe una posibilidad de transformar aquello que sucede, pero esa transformación requiere compromiso.


Los jóvenes necesitan adultos presentes


A medida que avanzó la entrevista, el eje comenzó a desplazarse hacia los jóvenes y, particularmente, hacia la salud mental.


Gilligan planteó que uno de los gestos más sencillos que puede hacer un adulto dentro de una escuela puede tener un valor enorme: ver al otro.


Saber su nombre. Preguntarle cómo está. Saludarlo. Hacerle una broma. Notar que se olvidó la campera. Preguntar qué le pasa.


Pequeñas acciones cotidianas que pueden parecer insignificantes para un adulto, pero que pueden transmitirle a un adolescente algo fundamental: 'Hay alguien que me ve'.


Gilligan contó que en la escuela técnica, una institución grande que funciona durante mañana y tarde, recorre distintos sectores junto con los estudiantes. Incluso se ocupa de buscar camperas olvidadas.


Pero detrás de esa anécdota existe una concepción mucho más profunda.


No se trata de controlar al estudiante. Se trata de observarlo desde la presencia.


'Que el chico se sienta observado y tenido en cuenta por alguien', explicó.


La diferencia entre mirar para controlar y mirar para acompañar es enorme.


Y en ese punto apareció una de las frases más fuertes de la entrevista.


Gilligan relató que hubo estudiantes que le dijeron: 'Franco, yo no me suicidé por vos'.


Una frase de enorme peso para cualquier adulto, pero especialmente para alguien que trabaja todos los días con adolescentes.


El docente reconoció que escuchar algo así implica una responsabilidad enorme. Porque cuando un joven deposita semejante confianza en un adulto, también está poniendo en sus manos una parte de su propia historia.


En el mes de la prevención del suicidio, una experiencia personal


La conversación adquirió entonces una dimensión todavía más íntima.


En el marco del mes de la prevención del suicidio, Gilligan contó que él mismo atravesó momentos extremadamente difíciles.


Relató que a los 20 años tuvo dos intentos de suicidio y que su vida nunca había sido sencilla.


Su testimonio permitió comprender que la persona que hoy se encuentra frente a un aula, acompañando estudiantes y hablando sobre salud mental, también atravesó situaciones en las que necesitó encontrar motivos para continuar.


Y su respuesta sobre aquello que lo ayudó a permanecer en la vida fue contundente:


La educación.


'Siempre voy a terminar en la educación porque a mí me rescató la educación', explicó.


Contó que a los 21, 22 o 23 años sentía que su vida estaba en un lugar en el que no quería estar. Trabajaba cosiendo corpiños y bombachas y sentía que ese no era su camino.


A los 23 años comenzó a estudiar Filosofía.


No fue sencillo. Reconoció que también atravesó momentos de lucha interna durante ese proceso. Pero continuó.


Con el paso de los años, pudo mirar hacia atrás y comprender que aquella decisión había sido fundamental.


La educación, para él, no fue solamente una salida laboral. Fue una posibilidad de reconstruirse.


'No me salvé solo'


Gilligan también rechazó la idea de que una persona atraviese sola una crisis de estas características.


'No me salvé solo', afirmó.


Y mencionó a sus amigos y a las personas que estuvieron cerca de él.


En ese sentido, resumió buena parte de su mirada en una frase:


'Aferrémonos al amor.'


Explicó que durante los momentos más difíciles muchas veces se sintió solo, incluso cuando objetivamente no lo estaba.


La angustia puede hacer que una persona solamente pueda ver aquello que duele. Lo malo, lo feo, aquello que parece no tener solución.


Pero alrededor pueden existir personas que permanecen, aunque quien atraviesa la crisis no consiga verlas.


Por eso, para Gilligan, acompañar significa también hacer visible esa red que muchas veces queda escondida detrás del sufrimiento.


La historia de Mariana


La parte más conmovedora de la entrevista llegó cuando comenzó a hablar de Mariana, su hermana.


Gilligan contó que Mariana falleció a los 10 años, después de atravesar una enfermedad grave.


Su relato retrocedió hasta diciembre de 2003, cuando Mariana tenía leucemia y se encontraba en una situación de extrema fragilidad.


Contó que la niña tenía dificultades para leer y escribir y que las condiciones económicas de la familia eran muy difíciles. El frío, la alimentación y las condiciones de la vivienda podían agravar todavía más una situación de salud ya delicada.


Mariana estuvo varios días sin poder comer.


Gilligan, que acababa de terminar la escuela secundaria y se encontraba sin trabajo ni estudio, acompañó a su madre durante la internación.


Recordó estar sentado en una escalera sosteniendo a su hermana, que ya no tenía fuerzas después de tantos días sin alimentarse.


La familia atravesaba uno de esos momentos en los que cada hora parece convertirse en una espera interminable.


Pero entonces ocurrió algo que Gilligan conserva en la memoria desde hace más de dos décadas.


Durante una Navidad, distintas organizaciones se acercaban al hospital para llevar juguetes, golosinas y meriendas a los niños internados.


Gilligan contó que, como tenía 18 años, muchas veces acompañaba a quienes visitaban el lugar y se quedaba conversando con ellos.


Hasta que un día regresó a la habitación y encontró a Mariana haciendo algo inesperado.


La niña había sacado dos bolsas y estaba separando las golosinas que había recibido.


Cuatro caramelos en una bolsa.


Cuatro caramelos en la otra.


Un chupetín de un lado.


Otro del otro.


Un alfajor para una bolsa.


Otro para la segunda.


Gilligan le preguntó qué estaba haciendo.


La respuesta de Mariana fue sencilla:


'Una para Alexi y una para mí.'


Alexi era su hermano menor.


Mariana estaba internada, atravesando una enfermedad terrible, sin poder alimentarse, conectada a distintos elementos médicos y sin siquiera poder tragar correctamente. Sin embargo, seguía pensando en su hermano.


Ese recuerdo se convirtió para Gilligan en una enseñanza que lo acompaña hasta el día de hoy.


'Entonces, el día que yo no piense en el otro, estaría matando a Mariana', explicó.


Por eso, dijo, su manera de vivir tiene que ver con pensar permanentemente en los demás.


Una niña que le enseñó más que los libros


Gilligan definió a Mariana como una de las dos personas que más lo marcaron en la vida. La otra es su amigo Álvaro.


Y habló de su hermana con una mezcla de dolor, amor y agradecimiento.


Mariana no pudo acceder a la educación como él. No sabía leer ni escribir. Sin embargo, Gilligan aseguró que fue ella quien le enseñó algunas de las cosas más importantes que aprendió en su vida.


'Más allá de todos los libros que he leído, la que más me enseñó en mi vida fue Mariana', sostuvo.


La frase resume la manera en que entiende la educación y la vida: el conocimiento no está únicamente en los libros. También está en las experiencias, en las personas, en el sufrimiento, en el amor y en los pequeños gestos de quienes nos rodean.


Aquella niña que, en medio de una enfermedad, pensó en separar golosinas para su hermano, terminó enseñándole a su hermano mayor una manera de mirar al mundo.


'Conmoverse' en lugar de simplemente 'disfrutar'


Otro momento particular de la conversación surgió cuando Gilligan explicó por qué la palabra 'conmovedor' lo representa.


Dijo que no le gusta demasiado la palabra 'disfrutar', una expresión que considera vacía cuando se utiliza de manera automática.


Prefiere hablar de conmoverse.


Contó que durante un viaje a Jujuy se sintió permanentemente conmovido por aquello que estaba viendo.


Y relacionó esa idea con la Filosofía: con la posibilidad de detenerse frente a las palabras, pensar qué significan y qué lugar ocupan en nuestra vida.


También cuestionó el concepto de 'esperanza' entendido como esperar que algo ocurra.


Para él, no alcanza con esperar.


Hay que hacer.


Hay que comprometerse.


Hay que intentar.


Incluso sabiendo que, muchas veces, las cosas pueden no salir como uno espera.


Una entrevista que dejó una pregunta abierta


La conversación con Franco Gilligan comenzó hablando de educación y terminó hablando de la vida.


De los salarios docentes, de las condiciones de las escuelas, de la formación, de las políticas educativas y del compromiso profesional.


Pero también habló de adolescentes que necesitan ser escuchados, de adultos que deben aprender a mirar, de salud mental y de la prevención del suicidio.


Y, finalmente, habló de Mariana.


Su historia personal permitió comprender por qué la presencia ocupa un lugar tan importante en su tarea cotidiana.


Porque quien alguna vez se sintió solo puede comprender el valor de encontrar a alguien que permanezca.


Porque quien atravesó una crisis puede reconocer las señales de otros.


Y porque muchas veces un saludo, una pregunta, una campera olvidada, una conversación en un pasillo o simplemente saber el nombre de un estudiante pueden parecer gestos mínimos, pero pueden convertirse en una forma concreta de decirle a alguien: 'Te veo. Estoy acá.'


En el mes de la prevención del suicidio, el testimonio de Gilligan invita justamente a eso: a mirar un poco más allá de lo evidente, a escuchar sin minimizar, a prestar atención a quienes nos rodean y a entender que la prevención también puede comenzar con la presencia cotidiana.


Una entrevista crítica, sí.


Pero, sobre todo, profundamente conmovedora.


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